El pie es de Philip José Farmer, el final solo el alcohol y las malas compañías lo sabe.
Si Julio Verne hubiera podido realmente ver el
futuro, por ejemplo en 1966 d. C., se hubiera cagado en los calzoncillos. Y en
2166, ¡la leche!
De
Cómo mamé del Tío Sam y otras eyaculaciones privadas, memorias inéditas del
Abuelo Winnegan.
El gallo que cantaba para atrás
In
y Sub, los gigantes, lo muelen para hacer pan.
Rotos
fragmentos flotan, a través del vino del sueño. Grandes pies aplastan uvas
abisales para e' sacramento del íncubo.
Él,
como Simón, pesca en su alma, mar en que mora el leviatán.
Gime,
casi se despierta, se da la vuelta sudando océanos negros y gime otra vez. In y
Sub, poniendo manos a la obra, giran las ruedas de piedra del molino hundido y
murmuran "fái, fái, fou, fom". Ojos brillando, color rojo-naranja
como los de una gata al parir en su madriguera; dientes romos, dígitos blancos
en la aritmética de las tinieblas.
In
y Sub, también como Simón, mezclan activamente metáforas inconscientes.
Colina
de estiércol y el huevo del gallo: el basilisco se levanta y canta, primera vez
de tres, en la hinchazón de sangre de yo soy la erección y el coito.
La
hinchazón crece y crece hasta que peso y longitud se combinan para curvarse
allá arriba, como un sauce todavía no llorón poco de fiar. La roja cabeza
cíclope se asoma por el borde de la cama. Descansa su mandíbula barbilampiña;
después, hinchándose, se desliza arriba y abajo. Mirando con un solo ojo aquí y
allá, olfatea arcaicamente el suelo y se encamina hacia la puerta, dejada abierta
por el lapsus linguae de centinelas perezosos.
Un
gruñido en el centro de la habitación lo hace volverse. El asno de tres patas,
caballete de Baal, está rebuznando. En el caballete está el "lienzo",
un cuenco oval poco profundo de plástico irradiado, especialmente tratado. El
lienzo tiene dos metros de alto y cincuenta centímetros de profundidad. El
cuadro representa una escena que debe estar terminada mañana.
Medio
escultura medio dibujo, las figuras están en altorrelieve, redondeadas, unas
más cerca del fondo del cuenco que otras. Brillan con la luz exterior y también
gracias al plástico, luminoso por sí mismo, del lienzo. La luz parece penetrar
en las figuras, mojarlas un poco, después desvanecerse. La luz es de un color
rojo pálido, el
rojo
del alba, de la sangre aguada con lágrimas, de la ira, de la tinta en el
capítulo "debe" del libro Mayor.
Este
cuadro pertenece a su Serie del Perro: Dogmas de un perro, La batalla aérea
del perro, Los días del perro. El perro del Sol, El perro invertido, El perro
de los escombros, Criadillas de perro, El cazador de perros, El mastín yacente,
El perro del ángulo recto e Improvisaciones sobre un perro.
Sócrates,
Ben Johnson, Cellini, Swedenborg, Li Po y Hiawatha están de juerga en la
Taberna de la Sirena. Por una ventana se ve a Dédalo en lo alto de las almenas
de Cnoseus, metiéndole un cohete en el culo a su hijo Icaro para proporcionarle
un despegue de propulsión a chorro para su famoso vuelo. En un rincón se
agazapa Og, hijo del Fuego. Roe un hueso de tigre "dientes de sable"
y dibuja bisontes y mamuts en el yeso enmohecido. La camarera, Atenea, se
inclina sobre la mesa en la que sirve néctar y galletas a sus distinguidos
clientes. Aristóteles, con cuernos de cabra, está tras ella. Le ha levantado la
falda y la está topeteando por detrás. Las cenizas del cigarrillo que oscila
entre sus labios, que sonríen tontamente, han caído en la falda, que empieza a
humear. En la puerta de los servicios de caballeros un Batman borracho sucumbe
a un deseo largo tiempo reprimido e intenta violar a Robín. Por otra ventana se
ve un lago sobre cuya superficie camina un hombre, con un halo verde
deslucido
flotando sobre su cabeza. Tras él, un periscopio sale del agua.
Prensil,
el pene se enrolla alrededor del pincel y comienza a pintar. El pincel es un
pequeño cilindro, conectado por uno de sus extremos a una manguera que va a una
máquina con forma de cúpula. Por el otro extremo del cilindro asoma la
embocadura de la manguera. Su apertura puede ser regulada girando un botón en
el cilindro. Varios botones adicionales controlan el espesor de salida—desde
fina aspersión a grueso chorro—, así como el color y el matiz.
Furiosamente,
proboscídeo, dibuja otra figura capa a capa. Luego capta un mustio olor a moho,
deja el pincel y se desliza, atravesando la puerta y siguiendo la curvatura de
la pared de la habitación ovalada, describiendo la ondulación de las criaturas
sin patas: un garabato en la arena que todos pueden leer pero pocos comprenden.
La sangre late al mismo ritmo que los molinos de In y Sub para alimentar y
emborrachar al reptil de sangre caliente. Pero las paredes, detectando la masa
intrusa y el deseo de eyección, brillan.
Él
gime, y la cobra glandular se levanta y se agita por la emoción de su deseo de
ocultación. ¡Que no haya luz! La noche debe ser su embozo. Se apresura al pasar
junto al dormitorio materno, más cerca de la salida. ¡Ah! Suspira suavemente
con alivio, pero el aire silba por la boca apretada y vertical, anunciando la
salida del rápido a Desideratum.
La
puerta es antigua: tiene cerradura de llave. ¡Rápido! Sube por la rampa y sale
de la casa a través del ojo de la cerradura, hasta la calle. Alguien aborda a
una puta, una joven con cabello plateado fosforescente y labios haciendo juego.
Sale,
baja por la calle y se le enrolla a un tobillo. Ella mira hacia abajo con
sorpresa, y luego con miedo. A él le gusta eso; demasiadas tienen demasiadas
ganas. Ha encontrado un as entre la paja.
Sube,
por la pierna suave como oreja de gato, se enrosca más y más, se desliza sobre
el valle de la ingle. Acaricia los tiernos pelos ondulados y después, medio
Tántalo, contornea la leve convexidad del vientre, dice "hola" al
ombligo, lo aprieta para tocar el timbre, se enrosca alrededor de la estrecha
cintura y, tímida y rápidamente, arrebata un beso de cada pezón. Después vuelve
abajo para formar una expedición que escale la vagina y plante la bandera en la
matriz.
¡Oh,
tabú delicioso y enfermedad sacrosanta! Hay un niño allí, ectoplasma comenzando
a formarse en ávida espera de realidad. Cae, óvulo, y recorre los toboganes de
carne; apresúrate para engullir al afortunado micro-Moby Dick, expulsando a sus
millones de hermanos: supervivencia del más apto.
Un,
fuerte graznido llena la habitación. El aliento cálido hiela la piel. El suda.
El fuselaje tumoroso se reviste de carámbanos y se dobla bajo el peso del
hielo; la niebla remolinea alrededor, silbando por los recodos; los alerones y
elevadores están bloqueados por el hielo y él pierde altura rápidamente.
¡Arriba, arriba! Venusberg enfrente, en algún lugar entre la niebla;
Tannhauser, toca las trompetas, alza tus llamas. Estoy saltando del trampolín.
La
puerta de la madre se ha abierto. Un sapo acuclillado llena el umbral ovalado.
Su papada sube y baja como al croar; su boca sin dientes balbucea:
"ginungagap". La lengua bífida se dispara y se enrosca alrededor del
cerdo constrictor. El grita con ambas bocas y escupe aquí y allá. Corren las
ondas de eyección. Dos garras nervudas se doblan y hacen en el cuerpo que cae
un nudo; corredizo, desde luego.
La
mujer corre. ¡Espérame! El torrente que sale brama, se estrella contra el nudo,
ruge de rebote, chocan flujo y reflujo. Demasiado caudal y un solo cauce.
Escupetea, el firmamento de agua se desploma, no hay arca de Noé; estalla como
una nova, una explosión de millones de meteoritos retorciéndose y brillando,
destellos en el cuenco de la existencia.
Llega
el reinado del muslo. Ingle y vientre encajonados en mohosa armadura, y él
frío, húmedo y temblando.
La patente de Dios sobre el alba expira
...
Habla para vosotros Alfred Melophon Voxpopper, de los Empujones de la Aurora y
la Hora del Café, canal 69B. Versos grabados durante la L Exposición y
Competición anual del Centro de Arte Popular, Beverly Hills, nivel 14.
Pronunciadas por Omar Bacchylides Runic, improvisadamente, si no tenéis en
cuenta algunas meditaciones previas durante la velada de la víspera en la
taberna particular El Universo Privado; y podéis hacerlo, porque Runic no
recordaba lo más mínimo de esa velada. A pesar de lo cual ganó la Primera
Corona de Laurel A; no hay Segunda, ni Tercera, etc., y las coronas se
clasifican de la A a la Z; Dios bendiga nuestra democracia:
Un salmón gris rosado escalando las cascadas de la
noche
hacia el remanso de la procreación de un nuevo
día.
Alba: el rojo bramido del toro solar
embistiendo contra el horizonte.
La sangre fotónica de la noche sangrante,
apuñalada por el Sol asesino.
Y
así durante cincuenta líneas puntuadas y separadas por vítores, aplausos,
abucheos, siseos y gemidos.
Chib
está medio despierto. Mira hacia abajo, a la oscuridad que disminuye conforme
el sueño se aleja rugiendo por el túnel del Metro. Mira por entre párpados
medio abiertos a la otra realidad: la conciencia.
—¡Que
pierda la vista!—gruñó como Moisés; y al recordar sus largas barbas y cuernos
(cortesía de Miguel Angel), piensa en su tatarabuelo.
La
voluntad, como una palanqueta, obliga a sus párpados a abrirse. Ve la pantalla
del fido que recorre la pared frente a él y se curva hasta la mitad del techo.
El alba, paladín del Sol, abate su gris guantelete.
El
canal 69B, TU CANAL FAVORITO, exclusivo para LA, te anuncia el amanecer
(decepción profunda. Amanecer de una naturaleza falsa, modelado en la pantalla
con electrones producidos por aparatos formados por el hombre).
¡Levántate
con el Sol en el corazón y una canción en los labios! ¡Penetra en los versos
convulsos de Omar Runic! ¡Mira el alba, como los pájaros en los árboles, como
Dios, mírala!
Voxpopper
recita los versos despacio mientras Anitra, de Grieg, fluye suavemente. El viejo
noruego nunca soñó con un auditorio tan grande y tan bueno. Un joven, Chibiabos
Elgreco Winnegan, tiene una mecha empapada, cortesía de un antiguo manantial en
el campo de petróleo del subconsciente.
—Mueve
el culo y ve a tu puesto—dice Chib—. Pegaso vuela hoy.
Habla,
piensa, vive en el presente tensamente.
Chib
salta de la cama y la oculta en la pared. Salir de la cama resbalando, arrugado
como la lengua de un viejo borracho, rompería la estética de su habitación,
destruiría esa curva que es el reflejo del Universo básico y lo perturbaría en
su trabajo.
La
habitación es un gran ovoide. En un rincón hay un ovoide más pequeño con el
lavabo y la ducha. Sale de él con la apariencia de uno de los semidioses aqueos
de Homero, masivamente musculado, de grandes brazos, piel de un moreno dorado,
ojos azules y pelo marrón, aunque sin barba. Suena el timbre del fido como el
croar de unas ranas de árbol sudamericanas que una vez oyó en el canal 122.
"¡Ábrete,
Sésamo!"
Inter caecos regnat luscus
La
cara de Rex se extiende por la pantalla del fido; los poros de su piel son como
los cráteres de un campo de batalla de la I Guerra Mundial. Lleva un monóculo
negro sobre el ojo izquierdo, arrancado en una discusión entre críticos de arte
durante la Serie de Lecturas Me gusta Rembrandt en el canal 109. Aunque
tiene suficiente influencia para conseguir prioridad de sustitución de ojos, ha
rehusado.
—Inter
caecos regnat luscus—dice cuando le preguntan, y a menudo cuando no—.
Traducción: en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Por eso tomó el nombre
de Rex Luscus, es decir Rey Tuerto.
Corre
un rumor, propagado por Luscus, según el cual permitirá a los biomuchachos
ponerle un ojo proteico artificial cuando vea las obras de un artista lo
suficientemente grande como para justificar visión bifocal. Se rumorea también
que podría hacerlo pronto, debido a su descubrimiento de Chibiabos Elgreco
Winnegan.
Luscus
mira ávidamente (alabando con adverbios) las formas de Chib. Éste se hincha, no
de placer sino de ira.
Luscus
dice blandamente.
—Querido,
quería asegurarme de que te habías levantado y preparado para los asuntos
tremendamente importantes de hoy. ¡Debes estar listo para la exposición! Pero,
ahora que te veo, me acuerdo de que aún no he comido. ¿Qué te parece desayunar
conmigo?
—¿Desayunar
qué?—dice Chib. No espera la respuesta—. No. Tengo demasiado que hacer hoy.
¡Ciérrate, sésamo!
La
cara de cabra o, tal como él prefiere describirla, la cara de Pan de Rex
Luscus, Fauno de las Artes, se desvanece. Incluso se ha hecho adornar las
orejas. Realmente encantador.
—¡Beeeee!
—se burla Chib del fantasma—. ¡Bah! ¡Cínico! ¡Nunca te besaré el culo, Luscus,
ni te dejaré besármelo a mí! ¡Aunque pierda el premio!
El
timbre suena de nuevo. Aparece la cara oscura de Halcón Rojo Rousseau. Su nariz
es aguileña y sus ojos como vidrio negro roto. Su ancha frente está rodeada por
una cinta roja, que sujeta el liso cabello negro que le cae hasta los hombros.
Su chaquetilla es de piel de gamo; un collar de cuentas, atado como una corbata
de lazo,
le
cuelga del cuello. Tiene el aspecto de un verdadero indio norteamericano,
aunque Toro Sentado, Caballo Loco o el menos noble Perfil Griego de aquéllos le
hubiera echado de la tribu a patadas. No es que fueran antisemíticos, es sólo
que no hubieran podido respetar a un bravo a quien los caballos producirían
urticaria alérgica.
Nacido
Julius Applebaum, se convirtió legalmente en Halcón Rojo Rousseau en su Día del
Nombre. Apenas volver del bosque, renaturalizado, arma juerga ahora en las
sucias cacerolas de carne de una civilización decadente.
—¿Cómo
estás, Chib? La panda se pregunta cuándo vendrás.
—¿Con
vosotros? Aún no he desayunado, y tengo que hacer mil cosas para prepararme
para la exposición. ¡Os veré a mediodía!
Rousseau
se desvanece como el último de los pieles rojas.
El
intercom silba precisamente cuando Chib va a desayunar. ¡Abrete, sésamo! Chib
ve en la pantalla la sala de estar. Remolinea el humo, demasiado denso y
furioso para que lo disuelva el acondicionador de aire. En el extremo más
lejano del ovoide, sus pequeños hermanastros y hermanastras duermen en el sofá.
Jugando a Mamá-y-su-amigo, se han dormido, las bocas abiertas en bendita
inocencia, hermosos como sólo pueden serlo los niños dormidos.
Frente
a los cerrados ojos de cada uno hay un ojo, que no parpadea, como el de un
cíclope de Mongolia.
—¿No
son conmovedores?—dice Mamá—. Los pobrecitos estaban demasiado cansados para
irse a la cama.
La
mesa es redonda. Los viejos y solteronas se han reunido a su alrededor para la
última batalla de rey, caballo, sota y as. Sus armaduras son sólo capas y capas
de grasa. Las mejillas de Mamá cuelgan como banderas en un día sin viento. Sus
pechos se deslizan y tiemblan sobre la mesa, se inclinan y se agitan.
—Partida
de tahúres—dice Chib en voz alta, mirando las gruesas caras, los tremendos
pechos, las nalgas exuberantes.
Ellos
levantan las cejas.
—¿De
qué coño habla ahora el genio loco?
—¿Es
realmente subnormal tu hijo?—dice uno de los amigos de Mamá, y ellos ríen y
beben más cerveza.
Angela
Ninon, no queriendo dejar de intervenir, e imaginando que Mamá pronto pondrá en
marcha los aspersores, se mea piernas abajo. Se ríen, y Guillermo el
Conquistador dice:
—Abro.
—Yo
siempre estoy abierta—dice Mamá, y ellos chillan de risa.
Chib
quisiera llorar. No lo hace, aunque lo han animado desde su infancia a llorar
siempre que le apetezca.
Te hace sentir mejor. Y fijate en los vikingos,
qué hombres eran, y lloraban como niños cuando tenían ganas.
Cortesía
del canal 202 en el popular programa ¿Qué ha hecho una madre?
Él
no llora porque se siente como un hombre que recuerda a la madre a quien amaba
y que murió, pero hace mucho tiempo. Su madre ha sido enterrada profundamente
bajo un alud de carne. Cuando él tenía 16 años, había tenido una madre
encantadora.
Entonces
ella dejó de cuidarlo.
Familia que mama, familia que crece
De
un poema de Edgar A.
Grist,
vía canal 88.
—Hijito,
yo no saco nada de esto. Lo hago sólo porque te quiero.
¡Después,
grasa, grasa, grasa! ¿Dónde se fue? Hundida en el abismo de la adiposis.
Desapareciendo conforme aumentaba de volumen.
—Hijito,
por lo menos podrías discutir conmigo un poco de vez en cuando.
—Me
dejaste, Mamá. De acuerdo. Soy un hombre ahora. Pero no tienes derecho a
esperar de mí que resucite aquello.
—¡Ya
no me quieres!
—¿Qué
hay de desayuno, Mamá?—dice Chib.
—Ahora
tengo buenas cartas, Chibby—dice Mamá—. Como has dicho muchas veces, eres un
hombre. Sólo por esta vez, hazte tu propio desayuno.
—¿Para
qué me llamaste?
—Olvidé
cuando empieza la exposición. Quería dormir algo antes de ir.
—A
las dos y media, Mamá, pero no tienes obligación de ir.
—Oh,
quiero estar presente. No quiero perderme los triunfos artísticos de mi propio
hijo. ¿Crees que ganarás el premio?
—Si
no, ahí está Egipto—dice él.
—¡Esos
apestosos árabes!—dice Guillermo el Conquistador.
—Es
la Oficina quien lo hace, no los árabes. Los árabes emigraron por la misma
causa que puede hacernos emigrar a nosotros —dice Chib.
¿Quién hubiera pensado que Beverly Hills se
volvería antisemítico?
De
las Memorias inéditas del Abuelo.
—¡No
quiero ir a Egipto!—llora Mamá—. Tienes que ganar ese premio, Chibby. No quiero
dejar el Nido. Nací y crecí aquí, bueno, en el décimo nivel, y cuando me mudé
también lo hicieron todos mis amigos. ¡No iré!
—No
llores, Mamá—dice Chib, sintiendo pena a su pesar—. No llores. El gobierno no
te puede obligar a ir, ya sabes. Tienes unos derechos.
—Si
quieres seguir teniendo golosinas, irás—dice Guillermo el Conquistador—. A
menos que Chib gane el premio, claro. Y yo no le echaría en cara que ni
siquiera intentara ganarlo. No es culpa suya que tú no le sepas decir
"no" al Tío Sam. Tienes tu sueldo y lo que gana Chib vendiendo sus
cuadros. Todavía no es suficiente.
Gastas
más de prisa que ganas.
Mamá
le grita con furia a Guillermo, y se van. Chib desconecta el fido. A la mierda
con el desayuno; comerá después. Su último cuadro para el Festival debe estar
terminado a mediodía. Aprieta una placa y la desnuda habitación oval se abre
aquí y allá, y surgen equipos de pintura como un regalo de los dioses
electrónicos. Zeuxis se desmayaría y Van Gogh compartiría su excitación si
pudieran ver el lienzo, la paleta y el pincel que usa Chib.
El
proceso de pintar incluye el doblar y torcer individualmente miles de alambres,
dándoles diferentes formas, y colocarlos a diversas profundidades. Los hilos
son tal delgados que sólo pueden ser vistos con amplificadores y manipulados
con tenacillas extremadamente delicadas. De ahí las gafas de aumento que usa
Chib y la larga herramienta, casi tan delgada como un hilo de araña, que lleva
en la mano durante las primeras etapas de la creación de un cuadro. Tras
cientos de horas de lento y paciente trabajo (de amor), los cables están
preparados.
Chib
se quita las gafas para ver el efecto general. Entonces utiliza el aspersor de
pintura para cubrir los hilos con los colores y matices que desea. La pintura
se endurece en pocos minutos. Chib conecta conductores eléctricos al cuenco y
aprieta un botón para enviar una leve descarga por los hilos. Éstos brillan
bajo la pintura y, fusibles liliputienses, desaparecen entre humo azul.
El
resultado es una obra tridimensional compuesta de duras cáscaras de pintura en
varios niveles bajo el revestimiento exterior. Las cáscaras son de diversos
grosores, pero todas tan delgadas que la luz las atraviesa desde el nivel más
alto al más interno cuando el cuadro es girado en ángulos. Partes de las
cáscaras son simplemente reflectores para intensificar la luz, con el fin de
que las imágenes internas sean más visibles.
Cuando
el cuadro se expone al público, está en un pedestal móvil que gira 12º a la
izquierda del centro y luego 12º a la derecha.
El
fido suena. Chib, maldiciendo, piensa en desconectarlo. Por lo menos, no es el
intercom de su madre llamando histéricamente. Bueno, no todavía. No tardará en
llamar si pierde mucho al póker.
¡Abrete
sésamo!
Cantad, maullad al Tío Sam
Escribe el Abuelo en sus Eyaculaciones Privadas:
25 años después de mi huida con 20.000 millones de dólares y de mi muerte
aparente de un ataque al corazón, Falco Accipiter está de nuevo sobre mi pista.
El detective de la O. R. 1. que tomó el nombre de Halcón Cazador cuando ingresó
en su profesión. ¡Menudo ególatra! De todas formas, es tan agudo de vista e
inflexible como un ave de presa, y yo temblaría si no fuera demasiado viejo para
temer a los simples seres humanos. ¿Quién le quitó cadena y capucha? ¿Cómo
encontró el viejo y frío rastro?
La
cara de Accipiter es la de un halcón demasiado desconfiado que intenta mirar a
todas partes al cernerse, y mira en su propio ano para asegurarse de que ningún
pato se ha refugiado allí. Los pálidos ojos azules lanzan miradas como
cuchillos escondidos en la manga de la camisa que se arrojan con un giro de la
muñeca. Lo exploran todo con percepción sherlokiana de la minucia y del detalle
significativo.
Su
cabeza gira a ambos lados, las orejas moviéndose, las ventanas de la nariz
aleteando, todo radar y sonar y odar.
—Señor
Winnegan, siento llamarle tan temprano. ¿Le he sacado de la cama?
—¡Es
evidente que no!—dice Chib—. No se moleste en presentarse. Le conozco. Lleva
tres días siguiéndome.
Accipiter
no se sonroja. Maestro en autocontrol, se guarda todo el rubor en las
profundidades de las tripas, donde nadie pueda verlo.
—Si
me conoce, quizá pueda decirme por qué le llamo...
—¿Iba
a ser yo tan bocazas como para decírselo?
—Señor
Winnegan, me gustaría hablar con usted respecto a su tatarabuelo.
—¡Lleva
25 años muerto!—grita Chi~ Olvídelo Y no me moleste. No intente conseguir una
orden de registro; ningún juez se la daría. La casa de un hombre es su costilla...,
quiero decir castillo.
Piensa
en Mamá y en el día que le va a dar a menos que se vaya pronto. Pero tiene que
acabar el cuadro.
—¡Esfúmese,
Accipiter!—dice Chib—. Creo que daré parte de usted a la BPHR. Estoy seguro de
que lleva un fido en su estúpido sombrero.
La
cara de Accipiter permanece tan lisa e inmóvil como una escultura en alabastro
del dios halcón Horus. Puede tener algo de gas retorciéndole los intestinos De
ser así, lo expulsa sin que se note.
—Muy
bien, señor Winnegan. Pero no se va a librar de mí tan fácilmente. Al fin y al
cabo...
—¡Esfúmese!
El
intercom silba tres veces. Es la señal de que llama el Abuelo.
—Estaba
espiando—dice la voz de 120 años de edad, hueca y profunda como el eco en la
tumba de un faraón—. Quiero verte antes de que te vayas. Bueno, si es que
puedes dedicar algunos minutos al Viejo de los Rompecabezas.
—Eso
siempre, Abuelo—dice Chib, pensando cuánto quiere al anciano—. ¿Necesitas
comida?
—Sí,
y también para la mente.
Der Tag.
Dies irae. Götterdämmerung.
Armagedón.
Las cosas están llegando a su fin. Día de hacer o de romper. Tiempo de ir y no
ir. Todas estas llamadas y la sensación de algo más que está al caer. ¿Qué
traerá el final del día?
El
comprimido del sol se desliza
en
la dolorida garganta de la noche
(Por Omar Runic)
Chib
camina hacia la puerta convexa que se hunde, enrollándose, en dos ranuras de
las paredes. El centro de la casa es la habitación familiar, oval. En el primer
cuadrante, en el sentido de las agujas del reloj, está la cocina, separada de
la habitación familiar por biombos de seis metros de altura decorados por Chib
con escenas de tumbas egipcias: su opinión demasiado sutil de la comida
moderna. Siete delgadas columnas alrededor de la sala marcan los límites de
habitación y pasillo. Entre las columnas hay más biombos altos, pintados por
Chib durante su Época de la Mitología Amerindia.
El
pasillo tiene también forma oval; todas las habitaciones de la casa se abren a
él. Hay siete habitaciones; seis de ellas son combinaciones de dormitorio, despacho,
estudio, lavabo y ducha. La séptima es un cuarto trastero.
Pequeños
huevos en huevos mayores en grandes huevos en un megamonolito en una pera
planetaria en un universo oval: la más reciente cosmogonía, que indica que el
infinito tiene la forma del producto de la gallina. Dios empolla sobre el
abismo y cacarea cada trillón de años o así.
Chib
atraviesa el recibidor, pasa entre dos columnas esculpidas por él en forma de
cariátides nínficas y entra en la habitación familiar. Su madre le mira de
reojo, pensando que se acerca a pasos agigantados a la locura, si no ha
alcanzado ya su umbral. Es culpa de ella, en parte; no debería haberse enfadado
y haber terminado Aquello en un momento de chifladura. Ahora es gorda y fea,
oh, Dios, tan gorda y tan fea... No puede esperar razonablemente, ni siquiera
irrazonablemente, empezar de nuevo.
Es
natural, se dice suspirando, resentida y lagrimeante, que haya abandonado el
amor de su madre por las delicias extrañas, firmes, de las formas de las
jóvenes. Pero ¿dejarlas a ellas también? El no es un narciso. Dejó todo eso a
los 13 años. Entonces ¿cuál es la razón de su castidad? Tampoco usa el
fornixator, cosa que ella podría comprender aunque no lo aprobara.
«Oh,
Dios, ¿en qué me equivoqué? Y sin embargo, no tengo nada de malo. Está
enloqueciendo como su padre, Raleigh Renacimiento creo que se llamaba, y su tía
y su tatarabuelo. Es por culpa de toda esa pintura y todos esos extremistas,
los Jóvenes Rábanos, con los que se mezcla. Es demasiado artista, demasiado
sensible. Oh, Dios, si le ocurre algo a mi hijito tendré que ir a Egipto.»
Chib
conoce sus pensamientos, porque ella los ha pronunciado muchas veces y no es
capaz de tenerlos nuevos. Pasa junto a la mesa redonda sin decir una palabra.
Los caballeros y doncellas del Camelot en lata le miran a través de un velo de
cerveza.
En
la cocina, abre una puerta oval en la pared. Saca una bandeja con platos y
tazas de comida tapados y envueltos en plástico.
—¿No
vas a comer con nosotros?
—No
te quejes, Mamá—dice él, y vuelve a su habitación para coger algunos cigarros
para su Abuelo.
La
puerta—que debería detectar, amplificar y transmitir la móvil pero reconocible
aura de campos eléctricos epidérmicos al mecanismo de apertura—falla. Chib está
demasiado alterado. Remolinos magnéticos se enfurecen sobre su piel y
distorsionan la configuración espectral. La puerta se abre a medias, se cierra,
cambia de opinión de nuevo, se abre, se cierra.
Chib
le da una patada y queda totalmente bloqueada. Decide ponerle un
"sésamo" verbal o visual. El problema es que le faltan piezas y
cupones y no puede comprar los materiales. Se encoge de hombros, camina a lo
largo del recibidor curvo, de una sola pared, y se detiene ante la puerta del
Abuelo, oculta de la vista de los del salón por los biombos de la cocina. Chib
recita la contraseña:
Pues cantó de paz y libertad,
cantó de belleza, amor y deseo;
cantó de muerte, y de vida inmortal
en las Islas de los Benditos,
en el Reino de Ponemah,
en la tierra de A Partir de Ahora.
Muy querido por Hiawatha
era el gentil Chibiabos.
La
puerta se abre, enrollándose sobre sí misma hacia atrás.
Una
luz amarillo rojiza, creación del propio Abuelo, sale por la puerta oval,
convexa. Mirar a su través es como mirar en las pupilas de un loco. El Abuelo,
en el centro de la habitación, tiene una barba blanca que le llega hasta medio
muslo, y su cabello blanco le cae en cascada hasta debajo de las rodillas.
Aunque barba y cabello ocultan su desnudez y no está en público, lleva zapatos.
El Abuelo es un poco chapado a la antigua, cosa excusable en un hombre de doce
decadencias de edad.
Como
Rex Luscus, es tuerto. Sonríe con sus propios dientes, crecidos a partir de
brotes trasplantados hace 30 años. Un gran cigarro verde cuelga de una esquina
de su roja y llena boca. Su nariz es ancha y sucia como si el tiempo la hubiera
aplastado con un pesado pie. Su frente y mejillas son anchas, quizás a causa de
algo de sangre Ojibway en sus venas, aunque nació Finnegan e incluso suda
célticamente, soltando un olor a güisqui. Mantiene la cabeza alta, y el ojo
azul gris es como un charco en el fondo de una cuenca antediluviana, resto de
un glaciar fundido.
En
conjunto, el rostro del Abuelo es el de Odín al volver de las Fuentes de Mimir,
preguntándose si ha pagado un precio demasiado alto. O el de la Esfinge de
Gizeh, golpeado por el viento y comido por la arena.
—Parafraseando
a Napoleón, cuarenta siglos de histeria nos contemplan—dice el Abuelo—. La
cabeza de piedra de los eones. "¿Qué es entonces el Hombre?", dijo la
Nueva Esfinge, habiendo resuelto Edipo la pregunta de la Vieja Esfinge (sin
solucionar nada, porque Ella ya había parido otra de su especie, una niña de
culo escocido con una pregunta que nadie ha sido capaz de contestar todavía. Y
quizá no puede ser contestada).
—Hablas
de un modo raro—dice Chib—, pero me gusta.
Sonríe
al Abuelo, queriéndole.
—Te
arrastras hasta aquí cada día, no tanto por amor a mí como para ganar
conocimiento y perspicacia. Lo he visto y oído todo, y he pensado algo más que
un poco. Viajé mucho, antes de refugiarme en esta habitación hace un cuarto de
siglo. Y sin embargo, mi confinamiento aquí ha sido la mayor Odisea de todas.
»El viejo marinero
»me
llamo a mí mismo. Un escabeche de sabiduría ha saturado la disolución de
cinismo demasiado salado y vida demasiado larga.
—Sonríes
como si acabaras de gozar de una mujer—se guasea Chib.
—No,
hijo mío. Perdí la tensión en mi verga hace treinta años. Y doy gracias a Dios
por ello, ya que me aleja de la tentación de fornicar, por no hablar de la
masturbación. Sin embargo, me quedan otras energías, y por tanto intención de
otros pecados, y éstos son incluso más importantes.
»Junto
al pecado de la realización sexual, que paradójicamente incluye el de la
emisión sexual, tenía otras razones para no solicitar de esa Vieja Ciencia de
la Magia Negra fuerzas para excitarme de nuevo. Era demasiado viejo para atraer
a las jóvenes excepto con dinero. Y era demasiado poeta, amante de la belleza,
para acostarme con las arrugadas vejigas de mi generación o de varias anteriores
a la mía.
»Así
que ya ves, hijo mío. Mi badajo se balancea flojamente en la campana de mi
sexo. Ding, dong, ding, dong. Mucho dong pero poco ding.
El
Abuelo ríe profundamente, un rugido de león con rocío de palomas.