Tenía diez años. Había vuelto al día en que cambió su vida, al día en que decidió vender su alma al mejor postor. Veinte años después seguiría en oferta y todavía no habría aparecido el comprador.
El edificio era antiguo, todavía se apreciaban formas estructurales que en esa época habían desaparecido ya casi por completo. Seguramente tendría más de un siglo de antigüedad. Su silueta de barca boca abajo en la arena indicaba que el arquitecto había sido pionero en el diseño aunque todavía conservaba ángulos diseminados aquí y allá en puertas y ventanas. El gobierno lo hubiese declarado monumento artístico si no fuera porque desde sus inicios había estado destinado a convertirse en un burdel. Los años habían resquebrajado sus paredes y los hombres habían intentado darle un toque de modernidad. El resultado era un sólido ovoide con ventanas rectangulares y un proyector holográfico que todas las noches convertía el edificio en un sueño diferente.
El abuelo lo había llevado allí el día de su décimo cumpleaños.
-Creo que ha llegado el momento, podrás luchar contra ello o sumergirte de lleno, eso será decisión tuya, pero debes conocerlo ya. –le había dicho mientras traspasaban el umbral de la puerta que se abrió sola por el sencillo método de la recolocación de sus átomos alrededor del marco. En un principio el vestíbulo lo desorientó. Era mucho más grande que el área del edificio daba a entender, después comprendió que se debía al reflector multidimensional que colgaba del techo. Habían pasado de moda hacía mucho pero el local lo conservaba como muestra del avance tecnológico que imperaba en la fecha de su construcción. Era una reliquia, al igual que los cortinajes de tela real que flotaban suspendidos del techo. Los colores, dentro de la gama de los amarillos y naranjas, indicaban claramente el lugar en el que se encontraba. Varios asientos de formas extrañas se hallaban dispersos por la sala, luego supo que eran una especie de divanes llamados tu y yo, verdaderas antigüedades de la edad en la que la gente todavía creía que Dios era un ser bondadoso que había creado a la humanidad a su imagen y semejanza. Eso fue muchísimo tiempo atrás, antes de que naciera el abuelo, antes incluso de que naciera el abuelo de su abuelo.
Gracias a Klam esas ideas de dioses buenos y bondadosos habían desaparecido de la conciencia de la gente. Ahora se sabía que Dios había sido un rebelde, un ente caído expulsado del reino de lo eterno que juró vengarse de sus propios creadores creando a su vez su propio universo de seguidores. Durante milenios, estos lo adoraron, se inmolaron y crearon y destruyeron culturas enteras en su nombre. Si bien es cierto que en la época del advenimiento de Klam Dios había perdido mucho de su poder, todavía tenía infinidad de seguidores que se postraban ante Él en todas sus manifestaciones y bajo todos sus nombres: Yavhé, Alá, Jeovhá, Mitra, Thor, Buda… y tantos y tantos como hombres había bajo el cielo. Klam llevó la luz a las gentes y tras la batalla que redujo a Dios condenándolo al fuego eterno de los infiernos, se marchó de nuevo dejando, por primera vez en la historia de la humanidad, a los hombres elegir su verdadero destino. Klam trajo el libre albedrío realmente a la tierra. Y eso había sido bueno (libro de Klam, cap.III vers. 14) pese a las voces que se elevaban negándolo. Chib ya sabía a esa edad que tendría problemas con la sociedad religiosa, creer en un dios bueno era tan absurdo como la obligación de no creer en él. La libertad era un mito, aunque durante toda su vida guiaría sus pasos a conseguirla.
En el vestíbulo desierto resonaron los pasos de la madame que fue a recibirlos. Era una mujer alta, delgada para los cánones de belleza que se llevaban en ese momento. Su melena color plata caía como una cascada sobre sus hombros y acentuaba el tono moreno de su piel. Parecía tener en torno a los cuarenta años pero teniendo en cuenta que podía haberse sometido a cuatro o cinco renovaciones, tal vez era bastante más mayor. Vestía una túnica color burdeos sujeta a un hombro por un broche color verde en forma de libélula y afianzada a la cintura por un cordón en el mismo tono esmeralda que el broche. Cuando el prostíbulo se convirtiera en su hogar, años más tarde, Chib se daría cuenta de que esa era invariablemente su indumentaria.
-Winnegan, ¡cuánto tiempo sin verle por aquí!- le dijo a su abuelo mientras tomaba sus manos y las depositaba en sus pechos. Él sabía que era el saludo típico de la profesión, reminiscencias de cuando las transacciones en los lupanares se reducían al mero acto sexual. –pensábamos que ya había encontrado a su Dama y que por eso nos había olvidado, Klepside todavía se encuentra entre nosotras, ¿desea verla? No se preocupe por el tiempo transcurrido, todas mis chicas acuden a sus renovaciones puntualmente.
-No, querida Artemisa, no vengo por mí. Hace tiempo que mis emolumentos no llegan para pagar vuestros servicios, y menos los de la espléndida Klepside, que Klam guarde integra cien años más. En esta ocasión, y de forma excepcional, vengo por mi nieto. –Explicó mientras empujaba suavemente a Chib hacia la dama. Esta se le quedó mirando sorprendida, primero al chico y después al abuelo
-¿No le parece que es un poco tarde? ¿Qué tiene, nueve años?
-Diez, y no, no es tarde, digamos que su madre es poco convencional y el niño todavía es virgen -respondió el abuelo
-¿Virgen a los diez? ¡Klam bendito! ¿Pero en qué piensa su madre? ¿Cómo es que…?¡Un momento! –exclamó Artemisa abriendo sus inmensos ojos plateados (fruto sin duda de una renovación último modelo) en un chispazo de entendimiento –Winnegan, ¡tú quieres convertirlo en un elegido! –el cambio al tuteo no pasó desapercibido a Chib que observaba a los dos adultos con una mezcla de sereno desconcierto. El silencio del abuelo corroboró las sospechas de la mujer. –Eso puede costarte caro, y no me refiero únicamente a los créditos que puedas gastarte con nosotras.
-Lo sé. Ya estoy arriesgando mucho saliendo a la luz para traerlo aquí, pero es importante.
La mujer miró largo rato al abuelo y luego, sin decir nada, cogió a Chib de la mano y lo condujo al fondo del salón, donde una puerta tan antigua que solo se abría manualmente, quedaba medio escondida entre los cortinajes. Una vez traspasada, la magia del lugar se convirtió en un largo y sórdido pasillo sembrado de puertas rectangulares en toda su longitud. Llegaron a una en cuya hoja había una K color esmeralda dibujada con cierta grafía gótica.
-Espera aquí –le dijo la mujer que acto seguido, entró en la habitación cerrando la puerta tras ella. Chib, obediente, esperó mientras contaba las baldosas simuladas que había en el suelo de vinilo.
.............................
No hay comentarios:
Publicar un comentario