Chib
mira por el visor del periscopio. Lo hace girar y mueve los botones de las
empuñaduras para levantar y bajar el cíclope del extremo del tubo exterior.
Accipiter ronda por el Nido de siete huevos, cada uno en el extremo de una de
las anchas escaleras ligeramente curvadas que se extienden ramificándose desde
el pedestal central.
Accipiter
sube los escalones de una rama hasta la puerta de la señora Applebaum. La
puerta se abre.
=Debe
de haberla sacado del fornixator —dice Chib—. Y ella debe de encontrarse sola;
no le habla por el fido. ¡Dios mío, es más gorda que Mamá!
—¿Por
qué no?—dice el Abuelo—. El señor y la señora Cualquiera están sentados todo el
día, comen, beben y ven fido, y sus cerebros se convierten en mierda y sus
cuerpos en barro. César no hubiera tenido problemas, rodeándose de gordos
amigos, en estos días. ¿Tú también comiste, Bruto?
El
comentario del Abuelo, sin embargo, no debería aplicarse a la señora Applebaum.
Tiene un conducto en la cabeza, y la gente adicta a la fornixación raramente
engorda. Se quedan sentados o acostados durante todo el día y parte de la
noche, con la aguja clavada en la zona de fornixación del cerebro enviando una
serie de pequeñas sacudidas eléctricas. Un éxtasis indescriptible fluye por sus
cuerpos con cada impulso, delicia mucho mayor que cualquier placer de comida,
bebida o sexo. Es ilegal, pero el gobierno nunca molesta a un usuario a menos
que le necesite para alguna otra cosa, ya que un fórnico raras veces tiene
hijos. Un 20 % de la población de LA se ha hecho perforar un agujero en la
cabeza e insertar un delgado canal para el acceso de la aguja. El 5 % son
adictos; se consumen, comiendo de tarde en tarde, con las vejigas hinchadas y
vertiendo venenos en la corriente sanguínea.
—Mi
hermano y mi hermana deben de haberte visto a veces cuando salías a por
provisiones—dice Chib.
—Ellos
también creen que soy un fantasma. ¡A estas alturas! Pero quizás es una buena
señal el que puedan creer en algo, aunque sea en un espectro.
—Será
mejor que dejes de escaparte a la iglesia.
—La
Iglesia y tú sois lo único que me mantiene en marcha. Aunque fue un día triste,
cuando me dijiste que no podías creer. Hubieras sido un buen sacerdote, con
defectos, desde luego, y yo hubiera podido tener misa y confesión privadas en
esta habitación.
Chib
no dice nada. Fue a misa y participó en los servicios sólo para complacer al
Abuelo. La iglesia era una caracola ovoide que, puesta al oído, sólo dejaba oír
el distante rugido de Dios alejándose como el reflujo de la marea.
Hay universos que piden dioses
y, sin embargo, Él sobrevuela éste buscando
trabajo.
De
las Memorias del Abuelo
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